Quan llegeixo aquests articles, sóc molt feliç perquè m’adono que no estic sol:
El otro concierto
Ya se sabe: en los conciertos hay quien tose. A veces son leves carraspeos. A veces son atronadoras crisis pulmonares, en las que parece que el afectado va a expectorar medio siglo de tabaquismo. Entre una y otra disfunción, la variedad es infinita: resuello, estornudos, toses asociadas a varias fases del catarro – seca, profunda, explosiva, perruna-, estertores de moribundo y demás quebrantos de la respiración. Todos ellos sonoros y ruidosos, eso sí. Sin olvidar a quienes se duermen y roncan, que también los hay.
Ir a un concierto en España es sufrir. También a una ópera. Y no digamos a un recital de piano con programa intimista. La concentración que requiere el intérprete para afrontar su repertorio – y el melómano para disfrutarlo- es continuamente atacada por quienes acuden a los conciertos a toser.
Por desgracia, los ruidos derivados de la enfermedad no son los únicos que importunan la fiesta musical. Están, además, los relacionados con la mala educación. Porque en los conciertos hay quien se mueve sin parar, haciendo chirriar la butaca hasta convertirla en un instrumento más. Hay quien bisbisea con el vecino como un colegial. Hay señoras que abren y cierran los broches o cremalleras del bolso sin motivo aparente (también las hay que lo tienen: dar con un caramelo, desenvolverlo y amasar una bolita con el crepitante celofán). Hay quien prefiere hacer tintinear las pulseras. O abanicarse. Hay quien gusta de tararear la música que está escuchando, como solía Glenn Gould, pero en tono más festivo. Y hay quien aplaude cuando no toca. Todos ellos, como los tosedores compulsivos, irritan con sus ruidos extemporáneos.
Luego están los disturbios sonoros relacionados con la torpeza. Los producidos por quien hojea el programa a destiempo; o por quien no domina la función prensil y acaba por dejarlo caer. Se caen, además, las linternas usadas para iluminar el programa (con doble ruido: impacto contra el piso, primero, y rodar platea abajo, segundo). Y hay quien acude al auditorio con los bolsillos rebosantes de llaves o monedas que acaban también por los suelos.
Éramos pocos y llegó la comunicación electrónica. Gracias a lo cual, hoy podemos escuchar en los conciertos teléfonos móviles con politono de juzgado de guardia. Y relojes despertador. Y agendas con alarma. Todo ello, de nuevo, con el correspondiente y molesto ruido.
Resumiendo, los hooligans no son una exclusiva del fútbol: también abundan en las salas de música clásica. Sería mejor que se quedaran en casa, curándose y aprendiendo a manejarse. O que fueran forzados a abandonar el auditorio al punto de exhibir in situ sus males o carencias. Sólo así se lograría que el mayoritario grupo de espectadores silentes pudiera disfrutar del concierto por el que ha pagado, sin padecer el otro, el indeseado.
Llatzer Moix – La Vanguardia – 18 de maig de 2008